Narrado por Sérgio
Ella continuaba de espaldas a mí, inmóvil frente a la ventana, la luz de la luna recortando su silueta. Ese vestido —el mismo de la maldita boda que interrumpí— parecía hecho para torturar mi control. El blanco reflejaba la luz suave, y cada curva suya gritaba recuerdos que intentaba enterrar en lo más profundo del alma.
— Vamos a cenar, mi ángel —dije, intentando sonar tranquilo.
— No tengo hambre —respondió sin volverse.
Suspiré, cansado del juego que ambos insistíamos