—Oh… mira a mi hija —rió la señora Roberts.
Amanda soltó una risita y volvió a mirarse en el espejo.
—Te ves deslumbrantemente hermosa, cariño. Si no te aceptan por tu experiencia y tus calificaciones, tu belleza y tu naturaleza delicada los conquistarán —la elogió la señora Roberts.
—Ahí vas otra vez, mamá, llevándolo todo a mi apariencia física. Me molesta que todo se reduzca a cómo me veo. Me cambiaré por algo menos llamativo. No quiero que me vean como atractiva —frunció el ceño Amanda.
—¡Ba