“Nadie tiene un pacto con el tiempo”, solía decir mi papá, pero aquella frase de repente no me parecía segura, si de verdad existían estas criaturas, entonces la inmortalidad también existía, aunque en mi caso era la inmortalidad del alma, morir para renacer. Adrián venía incluido en mi espíritu desde el momento en que nací, se lo había arrancado a los siglos y a los recuerdos de esa joven llamada Estefanía que me acompañaba en mis sueños.
—¿En qué piensas Victoria?
—Estoy tratando de analizar