Era innegable que la mujer tenía algunas cosas buenas en su posesión. No importaba si se trataba del horno de alquimia de grado divino o del Fuego Verdadero único, eran objetos codiciados por todos los alquimistas. Incluso Myrddin no pudo reprimir el impulso y tuvo que preguntarle quién era su amo. Puesto que el amo era capaz de regalar un objeto de tan alta calidad a su discípulo, debía de tratarse de un alquimista muy reputado. Sin embargo, los labios de la mujer permanecieron bien cerrados.