Los edificios de los alrededores se iban reduciendo a escombros uno tras otro.
Los Johnston huían como conejos asustados.
“¡Mueran! ¡Mátalos! ¡Date prisa y mátalos! ¡Todos merecen morir!”.
Una voz retumbaba en la cabeza de Thea mientras intentaba tomar el control de ella.
“¡No, no puedo! ¡Esto no está bien!”.
Su conciencia le recordaba desesperadamente que no debía hacer daño a nadie más.
Se sentía mareada y confusa mientras las voces de innumerables demonios que intentaban acosarla resona