Crac...
La puerta se abrió.
Salió un anciano delgado. Su rostro estaba desgastado por el tiempo y las arrugas, y parecía un poco desanimado, como si la vida y la vejez lo estuvieran venciendo.
El hombre se acercó a Thomas y tomó asiento.
“Thomas…”.
Sus ojos sin alma se iluminaron de repente.
Thomas miró atentamente al anciano y sonrió. “Winston, pensar que fuiste capaz de avanzar hasta el octavo grado antes de tu muerte. Enhorabuena, podrás vivir unas cuantas décadas más”.
Winston