Capítulo 3

Bianca.

La semana se me hizo larguísima, las pertenecías de Priscilla llegaban a la mansión de Don cada día, sus hombres y empleadas se encargaban de transportar todo con sumo cuidado, porque en una de esas mi hermana les gritaba lo mal que estaban haciendo su trabajo.

Solo llevaba días viviendo en esa mansión perdida en la periferia de Nueva York y era peor que quemarse en las llamas del infierno.

Por suerte, la estúpida mudanza de mi hermana acabó. No podía comprender por qué quería traerse todo de nuestra casa, si aquí podía tener todo lo que deseaba y más. Solo bastaba con pedírselo a Giovanni Lobo, el don.

A él no lo vi, la noche de su boda se folló a mi hermana y desapareció. Mis sospechas bien infundadas empezaban a ser ciertas, ese idiota nos había encerrado en una casita de muñecas para vivir solo en su ático lujoso en la gran manzana, con mujeres voluptuosas y haciendo lo que le daba la gana, sin molestias. Aunque a mi hermana le dijera que se trasladó a Italia para hacer negocios, yo sabía que era mentira.

—¿Y mí agua con limón? —cuestionó altiva Priscilla a una empleada.

Cruzó sus piernas desnudas y se recostó sobre la hamaca blanca con forma de columpio. La joven que nos atendía estaba muerta de miedo, observé como tragaba saliva.

—Está casi lista, señora —le sonrió y me miró a mí —. ¿Qué quiere usted, señorita Bianca?

Le sonreí quitándome las gafas de sol para mirarla a los ojos.

—Una Pepsi está de lujo —respondí cordial —. Si puedes échale un poco de mata ratas al agua de mi hermana.

La chica neoyorquina palideció al instante. Priscilla bufó y siguió leyendo su revista de moda.

—¿C-Cómo dice?

—Tranquila, solo bromeaba —le resté importancia con un gesto de manos.

Mi hermana soltó un suspiro dramático.

—No deberías intentar caerle bien a la servidumbre con esas bromas tan usadas por ti —alzó la vista de su revista fulminándome —. Si quieres convertirte en una vulgar sirvienta dime. Estaría encantada de que me lavases los pies.

—Deja de tratar mal a los empleados ajenos —espeté con furia.

—¡Retírate! —le ordenó a la chica —. Eres una tonta, hermanita. Te recuerdo que soy la esposa de Giovanni Lobo y como tal me debes respeto porque puedo matarte cuando quiera. Si estás viva solo es porque mi padre así lo quiso y yo no desobedeceré su orden.

—¡Ay, la dócil Priscilla! —canturree —. ¿Eres así de dócil también cuando follas con tu esposito? Seguro te folla por el culo como a las putas.

—¡Cállate estúpida! —chilló indignada tirando al césped su exclusiva revista.

—¿Te folló por el culo verdad? —cuestione divertida —. Eso es lo que eres para él, una p**a vulgar. Nunca te amara, hermana bonita, no te hagas ilusiones —me burlé ensanchando mi sonrisa.

Las mejillas de Priscilla se enrojecieron en un parpadeo, estaban cargadas de rabia y enojo.

—Ese cabrón debe estarse follando a otra en Italia. O alquiló un departamento en el centro de Nueva York para no verte la cara —me carcajeé en su jeta —. Nunca serás la única mujer en su vida. Y si te llegan a matar sería una alegría para él.

—¡Qué te calles digo! —bramó, estoy segura que se rompió la garganta en el proceso.

Mi hermana no perdió el tiempo en levantarse y desplazarse hasta mi hamaca, curvó sus dedos esqueléticos en las hebras de mi cabello rubio. Me dio un tirón con tanta fuerza que caí al césped, ella se subió encima de mi cuerpo y empezó a propinarme golpes por todos sitios. Me llevó un momento reaccionar, cuando lo hice arañé su mejilla con mis uñas creando un bonito rasguño adornando su rostro, la sangre brotó de la herida.

Ella chilló dañando mis oídos y de repente todos los hombres que vigilaban el jardín, con armas de fuego, corrían hacia nosotras como si nos fuéramos a matar, tal vez sí, era la hora de matar a mi hermana.

Preparé mi puño para lanzárselo hacía su barbilla, cuando lo hice sus huesos crujieron y me llené de satisfacción.

—Vete al infierno, p**a —dije cegada por el odio.

Cayó a un lado de mí quejándose con la mano en su barbilla intentando que el dolor cesase. Pero era demasiado tarde, estaba dispuesta a devolverle todos los golpes que ella me dio. Me subí a su regazo y empecé a pegarle puñetazos en su barriga, si algún espermatozoide de Don hubiera llegado a su ovulo, yo lo estaría destruyendo. Y que satisfacción me daba.

Odiaba a Priscilla.

La odiaba con todo mi ser.

—¡Bianca, detente! —me pareció escuchar la voz de mi madre, pero hice caso omiso.

Los empleados de Don intentaban parar los golpes, no podían, me agarré a ella tan fuerte que no existía manera de soltarme. Sostuve su cabeza y la proyecté al césped duro una y otra vez, esperando que su cabeza se abriera y pudiera ver sus sesos pegados en la hierba húmeda por el rocío de la mañana.

Me sentía toda una psicópata.

Y me encantaba.

Descargar la ira acumulada contra la persona que más odiaba en la vida era lo más reconfortante que podía existir.

Pero esa satisfacción se evaporó de lleno cuando unas manos agarraron mi cintura y me alejaron de mi víctima. Mi piel quemó ante ese tacto rasposo. Mi hermana lloraba desconsoladamente y se hacía bolita añorando los bracitos de su mami. P**a mimada. Mamá la abrazó ayudándola a incorporase.

—¡Estás m*****a! —confesó mi madre —. Ya, cariño. Todo ha pasado. Bianca será castigada por tocarte.

Mamá me había dicho a lo largo de mi vida palabras tan feas, que esas ya no había ningún efecto en mí. No me ponía triste como antes.

Intenté zafarme del agarre del empleado de Don, clavaba sus dedos en mis cosquillas haciéndome daño. La loción que llevaba puesta me estaba mareando, olía bien, demasiado bien para ser uno de los hombres de Don. Mi pecho empezó a sudar, no quise girar mi cabeza para certificar el rostro de mi captor.

—Luka revisa a mi esposa y llama al doctor de la famiglia —ordenó con su voz ronca —. Yo me encargaré de esto.

Creo que me oriné encima. Don me jaló hacia adelante para que caminara recto a la entrada de su casa. ¿Cuándo había venido? ¿Y por qué mierdas llegó en ese momento? ¿Dónde había estado?

—¡Don, por favor no la mate! —suplicó Priscilla llorando en los brazos de madre. El supuesto Luka revisaba su rostro.

No mentiré.

Me sorprendió oír eso de mi hermana.

Ella era el ser que más me odiaba y era mutuo. Tal vez tuviera algún plan para hacerme pagar por lo que le había hecho de una forma más cruel.

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