ALEXANDER
—Ya voy hacia ti, nena.
Hay momentos que dividen tu vida en dos. Un solo segundo que lo cambia todo. Yo no sabía que este era uno de esos momentos. No al principio. No cuando entré en la cafetería. No cuando la vi de inmediato, porque siempre lo hago.
Aretha.
Está sentada en nuestra mesa de siempre, totalmente serena. Como si nada en el mundo pudiera tocarla. Lo cual es real, porque la he visto matar gente sin pestañear. Y, de alguna manera, eso todavía no me asusta tanto como la idea