NARRADO POR BIANCA SERNA
Desperté envuelta todavía en el aroma tenue del chocolate frío y la lana del suéter de Ezra, con la luz del amanecer filtrándose entre las tablas mal encajadas del techo del cobertizo. Por un instante, antes de abrir los ojos por completo, temí que todo hubiera sido un sueño demasiado hermoso para ser real. Pero el peso del anillo en mi dedo, esa línea delicada de platino envejecido, seguía ahí, tan innegable como el brazo de Ezra rodeándome bajo las mantas.
—¿Ya estás