Oscar Corlioni, se la llevó.
La lluvia golpeaba los ventanales del penthouse de Valerio Ferreira, con una violencia casi teatral.
Las luces de la ciudad apenas se distinguían entre la tormenta, pero él no apartaba la vista del teléfono sobre la mesa de mármol.
Esperaba una llamada.
Una sola.
Y cuando finalmente sonó, el ambiente entero pareció congelarse.
— Señor Ferreira… encontraron el auto de la señorita Pavioli.
El corazón se le detuvo al empresario, se había quedado esperando a la ojiverde en una cita, per