El dolor punzante que esperaba no llegó a mi cuerpo.
Me volví bruscamente y vi a Dante parado frente a mí, una mano apretada contra su abdomen, sangre brotando a borbotones. Se tambaleó y cayó pesadamente en mis brazos.
—¡Dante! —me apresuré a sostenerlo, con la otra mano marqué rápidamente a una ambulancia, en mi cabeza solo quedaba un pensamiento: detener la hemorragia, ¡rápido, detener la hemorragia!
—¡¿Estás loco?! —presioné su herida, mis dedos se empaparon de sangre caliente.
Dante ya tení