Los brazos de Amaris se sacudían dolorosamente con las vibraciones producidas por Fernando mientras intentaba pacientemente cortar los tornillos de la placa de metal por sobre ella.
Las esposas estaban demasiado apretadas como para poder cortarlas, y además Fernando estaba seguro de que estaban hechas del mismo material que las cadenas. Solo se podían abrir con la llave, y, de no encontrarla, tendrían que recurrir al cerrajero que las había fabricado.
Fue un arduo esfuerzo, pero, cuando Ferna