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Madre nos recibió recostada en un cómodo diván frente al hogar, bien arropada bajo la manta que las niñas le tejieran para Navidad. Solía dormir una siesta después de su baño, pero la había pospuesto para recibirme.

Nos sentamos en la alfombra junto a sus piernas, para que nuestras cabezas estuvieran a la misma altura que la suya, y le referí lo que acababa de compartir con Milo sobre la situación de los lobos. Mientras hablaba, vi que la expresión de madre se ensombrecía. Me interrumpió con un gesto y adivinamos que hablaba con alguien.

—Aguardemos a Marla —dijo—. Prefiero que aclare cualquier duda que tenga contigo, que ya has leído la carta.

La jefa de sanadoras no tardó en presentarse. Tuvimos que hacerle lugar para que hincara una rodilla y besara la mano de madre, toda arrebolada y vibrante de alegría. Yo mantenía un contacto tan estrecho y constante con ella que a veces olvidaba que, para el resto de la manada, pasar tiempo con nuestra Luna resultaba algo

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