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No lograba comprender cómo había llegado allí, y el embotamiento que aún perduraba del licor no ayudaba. En ese momento escuché las voces y risas que se acercaban desde la morada. Lo primero que se me ocurrió fue arrojarme al agua. El frío transformó el embotamiento en una jaqueca tan repentina como dolorosa. Me froté la cara y sacudí la cabeza, pero seguía sintiendo como si me clavaran dagas en las sienes y la nuca.

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