Di dos pasos atrás para examinar bien a Daniel. Él se dejó observar con naturalidad: —¿Qué tal?
Su rostro, ya de por sí severo, junto con el traje negro que acentuaba su aire distante y la corbata azul marino que le añadía un toque de misterio y melancolía, creaban un conjunto impecable. Levanté el pulgar en señal de aprobación: —Te queda muy bien.
Daniel, evidentemente satisfecho, comentó: —Perfecto, tengo una reunión de negocios, y ya que dices que me queda bien, ¿me la dejo puesta?
—Claro —as