¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!
Los insistentes golpes en la gruesa puerta de madera hicieron que Isabella, quien permanecía sentada frente al tocador sumida en sus pensamientos, volviera la cabeza de inmediato.
—Isabel... soy la abuela. ¿Ya despertaste? —se escuchó la suave voz de Carmen desde el otro lado de la puerta.
—Sí, abuela. No estaba durmiendo —respondió Isabella con rapidez. Se levantó enseguida de la cómoda silla acolchada y caminó apresuradamente hacia la puerta.
En cuanto abrió, encontró a Carm