El largo grito de Isabella resonó por todo el habitáculo del automóvil, mezclándose con la respiración agitada y áspera de Liam contra el hueco de su cuello.
La espalda de Isabella se arqueó con fuerza. Sus dedos se aferraron a la tela de la camisa de Liam con tanta intensidad que los nudillos se le volvieron blancos, como si realmente estuviera siendo arrastrada por una ola devastadora de placer.
Pero aquel grito no era más que una explosión de náuseas, vacío y sufrimiento interior que llevaba