—¡Vente conmigo a casa, Isabel! —bramó Liam.
Su voz desgarró el silencio del patio, cargada de una ira que oprimía el aire de la noche.
Sus pasos amplios y pesados acortaron la distancia en cuestión de segundos. Sin darle a Isabella oportunidad de asimilar la situación, los dedos fríos y tensos de Liam se cerraron con fuerza alrededor de la muñeca de su esposa, sacándola a la fuerza del umbral del auto de Mateo.
—¡Liam! ¡Suéltame! ¡Me duele! —gritó Isabella, intentando liberar la mano de un tir