Esmeralda
No quería hablar, no lo necesitaba, pero quería algo que se me había negado todo el día: leer las malditas revistas. Quería ver qué opinaban esas personas tan amarillistas de mí, de nuestra relación. Íker había tratado de calmarme todo el día; sí, le creía, pero la verdad es que necesitaba saber qué decían los periodistas y la sociedad de nosotros.
Salí del restaurante y pasé por un quiosco. Comencé a leer dentro de mi carro, pero no, es que no era verdad. Allí decían cosas que no tení