Rebecca, aturdida por la repentina actitud de Alex, se debate frenéticamente en la cama, en un intento desesperado por liberarse de las ataduras. El deseo que antes la consumía es reemplazado por una ola de rabia.
– ¡Alex, no hagas esto! – Grita, su voz resonando de indignación. – ¡Basta de esta estúpida broma!
Sin embargo, sus súplicas son recibidas solo por el silencio ensordecedor que llena el apartamento. Rebecca, incrédula, se convence de que realmente se ha ido. Deja de debatirse y suelta