—¡Ya déjalo Doménico! No ves esa sonrisa macabra el imbécil no abrirá la boca — Era Alexander el esposo de Natalia sosteniéndolo del brazo para que dejara de patear al hombre que sangraba en el suelo que, en vez de rogar por su vida, solo sonreía de lado con la sangre esparcida en su rostro.
—¡Este hijo de puta se niega a abrir su maldita boca! — Para tomarlo del cuello y empujarlo hasta la pared — ¡Habla imbécil ¿Dónde la llevaste?! ¡Habla carajo!
Hacía una hora que lo habían capturado o secue