En la penumbra de su estudio, un reducto donde el tiempo parecía plegarse sobre sí mismo, el Dr. Emilio Sánchez hojeaba su diario con manos temblorosas. Las paredes, un collage de historia y misterio, estaban cubiertas de reliquias y mapas descoloridos que atestiguaban su larga y prolífica carrera. Cada objeto, desde una vasija agrietada hasta un papiro descolorido, era una cápsula del tiempo, portadora de historias silenciadas por las arenas del desierto.
La única fuente de luz, una lámpara de