—¡Puedo vestirme solo! —protestó.
—Todavía no —replicó la enfermera—. Estás débil como un gatito, aunque debo decir que no lo pareces en absoluto.
—¿Por qué no puede ayudarme Vivian? —preguntó, sintiendo un nudo en el estómago al ver a la enfermera remangarse sobre sus robustos antebrazos. Preferiría mil veces tener a esa ángel de cabello oscuro a su lado.
La enfermera tosió. —Bueno, se sorprendió un poco cuando no la reconociste, claro, pero, como le dije, es perfectamente normal en estas circ