Sin esperar su confirmación, se dirigió a grandes zancadas hacia la parte trasera de la casa.
La ira le hervía por dentro, pinchándola como miles de pequeñas agujas. Al entrar en el dominio de su hermano, apenas podía mirarlo.
—¿Cómo te atreves a traer a ese imbécil a mi casa? —gruñó Bruce entre dientes en cuanto cerró la puerta del estudio tras ellos.
—¿Tu casa? —preguntó ella, cruzándose de brazos.
—Tenías razón cuando le dijiste a Scott que decidí irme. Decidí. Porque esta es nuestra casa, B