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EL PRECIO DE SU ORGULLO
EL PRECIO DE SU ORGULLO
Por: Christian
CAPÍTULO 1: EL ENCUENTRO INEVITABLE

El café estaba frío. Isabella Morales lo notó cuando llevó la taza a sus labios por quinta vez en los últimos diez minutos, demasiado absorta en los planos desplegados sobre su escritorio como para prestar atención a detalles mundanos como la temperatura de su bebida. Las líneas azules y blancas del diseño arquitectónico brillaban bajo la luz fluorescente de su pequeña oficina, cada trazo representando meses de trabajo, años de preparación, y toda una vida de sueños.

Isabella, tienes que ver esto  la voz de Mariana, su socia y mejor amiga, irrumpió en su concentración. La puerta se abrió con un golpe dramático que hizo temblar las paredes delgadas de su modesto estudio.

 Si es otra queja del señor Gutiérrez sobre el color de su cocina, juro que... Isabella levantó la vista, pero las palabras murieron en sus labios al ver la expresión en el rostro de Mariana. No era frustración ni molestia. Era pura emoción apenas contenida.

Nos llamaron  Mariana casi gritó, agitando un sobre color crema con el logo dorado que Isabella habría reconocido en cualquier parte. Empresas Santoro. Una de las corporaciones más grandes de América Latina. ¡Nos quieren para el proyecto del nuevo edificio corporativo!

El mundo de Isabella se detuvo. Durante tres segundos completos, no pudo procesar las palabras. Luego, como una ola, la realidad la golpeó con fuerza.

¿Qué?  logró articular, poniéndose de pie tan rápido que su silla rodó hacia atrás y chocó contra la pared . ¿Santoro? ¿Estás segura?

 Completamente segura. Recibí la llamada hace diez minutos. Quieren reunirse con nosotras mañana a las nueve de la mañana. Isabella, ¿entiendes lo que esto significa? Mariana dejó el sobre sobre el escritorio, sus manos temblaban ligeramente . Este es el proyecto que cambiará todo. Presupuesto ilimitado, visibilidad internacional, la oportunidad de demostrar que Morales & Asociados puede competir con las grandes firmas.

Isabella debería estar saltando de alegría. Debería estar abrazando a Mariana, abriendo una botella de champán, llamando a su madre para compartir la noticia. En cambio, sintió como si un puño invisible le apretara el pecho.

Santoro.

Ese nombre llevaba consigo el peso de una década de resentimiento, de noches en que su padre se encerraba en su estudio con una botella de whisky, de la humillación de ver su empresa familiar desmoronarse ladrillo por ladrillo. Todo por culpa de un hombre: Dante Santoro.

Isabella, ¿estás bien?  la preocupación reemplazó la emoción en la voz de Mariana . Pensé que estarías feliz. Este es el proyecto con el que hemos soñado desde que abrimos el estudio.

 Lo sé  Isabella se obligó a sonreír, pero sabía que no era convincente . Es solo... ¿sabes quién es el CEO de Empresas Santoro?

Mariana frunció el ceño.

 Dante Santoro, ¿verdad? El heredero del imperio. ¿Por qué?

 Porque ese hombre destruyó a mi padre.

El silencio que siguió fue denso y pesado. Mariana conocía la historia, por supuesto. Sabía que la empresa constructora de la familia Morales había quebrado hace diez años después de que Santoro Corporation les ganara un contrato masivo con tácticas que muchos consideraban poco éticas. Sabía que el padre de Isabella nunca se había recuperado del golpe, que había muerto cinco años después con el corazón roto y las deudas sin pagar.

 Bella...  Mariana se acercó, su voz suave . Entiendo que esto es complicado. Pero piénsalo. Esta podría ser tu oportunidad de demostrarle al mundo, de demostrarle a él, lo que vales. De honrar el legado de tu padre de la mejor manera posible: siendo mejor que ellos.

Isabella cerró los ojos. Mariana tenía razón. Rechazar este proyecto por orgullo o venganza sería una tontería. Pero aceptarlo significaría enfrentarse al fantasma de su pasado, al hombre que representaba todo lo que ella despreciaba del mundo corporativo: codicia, despiadado y arrogante.

 Está bien  dijo finalmente, abriendo los ojos con nueva determinación.... Iremos a esa reunión. Pero que quede claro: esto es puramente profesional. Haré el mejor diseño de mi vida, cobraré mi tarifa completa, y le demostraré a Dante Santoro que los Morales no se quedan abajo.

Mariana sonrió.

 Esa es la Isabella que conozco.

Esa noche, Isabella no pudo dormir. Se quedó despierta hasta las tres de la madrugada, investigando todo lo que pudo encontrar sobre Dante Santoro. No era difícil. El hombre estaba en todas partes: revistas de negocios, columnas de sociedad, portadas de Forbes. A sus treinta y cinco años, había multiplicado la fortuna de su familia por diez, expandiendo Empresas Santoro desde construcción hasta tecnología, bienes raíces y finanzas.

Era guapo también, admitió Isabella a regañadientes mientras miraba una foto de él en un evento de caridad. Alto, con cabello negro perfectamente peinado, mandíbula cuadrada y ojos oscuros que parecían atravesar la cámara. Llevaba un esmoquin como si hubiera nacido con él puesto, y la mujer colgada de su brazo, una modelo o actriz según la leyenda, lo miraba con adoración apenas disimulada.

Isabella cerró la laptop con más fuerza de la necesaria. No le importaba lo guapo que fuera o cuántos ceros tuviera en su cuenta bancaria. Para ella, Dante Santoro siempre sería el hombre que había destrozado a su padre.

A las ocho de la mañana siguiente, Isabella y Mariana estaban frente al edificio de Empresas Santoro en el corazón financiero de la ciudad. La torre de vidrio y acero se elevaba sesenta pisos hacia el cielo, reflejando las nubes matutinas como un espejo gigante. Era impresionante, intimidante, y exactamente el tipo de demostración ostentosa de poder que Isabella esperaría de alguien como Dante Santoro.

 Respira  le susurró Mariana mientras entraban al vestíbulo de mármol..... Eres la mejor arquitecta que conozco. Tienes esto.

Isabella asintió, ajustando su blazer negro y cuadrando los hombros. Había elegido su atuendo cuidadosamente esa mañana: traje sastre negro, blusa blanca de seda, tacones de diez centímetros que la hacían parecer más alta y segura de lo que se sentía. Su cabello castaño oscuro estaba recogido en un moño elegante, y su maquillaje era impecable pero profesional. Parecía exactamente lo que era: una profesional seria que no se dejaría intimidar.

La recepcionista, una mujer rubia impecablemente vestida, les sonrió con cordialidad profesional.

 Buenos días. ¿Tienen cita?

 Sí, con el señor Santoro. Soy Isabella Morales, de Morales & Asociados.

 Por supuesto. Las están esperando. Piso cincuenta y ocho, oficina principal. Los ascensores están a su derecha.

El ascenso fue interminable. Isabella observó los números digitales cambiar, su estómago apretándose más con cada piso. Cincuenta y tres. Cincuenta y cuatro. Cincuenta y cinco.

 ¿Recuerdas cuando nos conocimos en la universidad?  dijo Mariana de repente . Tú eras la única chica en la clase de diseño estructural y cuando el profesor dijo que las mujeres no tenían la mentalidad para ser arquitectas, te pusiste de pie y le demostraste que estaba equivocado con tu presentación.

Isabella sintió una pequeña sonrisa tirando de sus labios.

Me puso un diez solo para que me callara.

 Exacto. Y hoy vas a hacer lo mismo con Dante Santoro. Vas a demostrarle quién eres.

El ascensor emitió un suave ping. Piso cincuenta y ocho.

Las puertas se abrieron revelando un espacio que parecía más una galería de arte que una oficina. Paredes blancas, pisos de madera oscura, obras de arte contemporáneo estratégicamente colocadas. Una asistente les esperaba con una sonrisa profesional.

 Señorita Morales, señorita Ramírez, síganme por favor. El señor Santoro las recibirá en un momento.

Las condujeron a una sala de conferencias con ventanales del piso al techo que ofrecían una vista panorámica de la ciudad. Isabella apenas la notó. Toda su atención estaba enfocada en mantener la calma, en controlar el ritmo acelerado de su corazón.

 ¿Puedo ofrecerles café, té, agua?  preguntó la asistente.

 Agua estaría bien  respondió Mariana cuando Isabella no dijo nada.

Se quedaron solas. Mariana sacó su tablet y comenzó a revisar las presentaciones que habían preparado. Isabella caminó hacia la ventana, mirando la ciudad extenderse ante ella. Desde aquí arriba, todo parecía pequeño, manejable. Se preguntó si así era como Dante Santoro veía el mundo: desde arriba, con todo y todos reducidos a piezas insignificantes en su tablero de ajedrez personal.

La puerta se abrió.

Isabella se giró, preparada para encontrarse con un asistente o tal vez el director de proyecto. En cambio, entró él.

Dante Santoro en persona era aún más imponente que en las fotografías. Alto, probablemente un metro ochenta y cinco, con hombros anchos bajo un traje gris oscuro perfectamente cortado. Su rostro era todo ángulos duros: mandíbula definida, nariz recta, cejas oscuras sobre ojos que eran del color del café expreso. Llevaba el cabello negro peinado hacia atrás, y cuando entró, trajo consigo un aura de autoridad absoluta que llenó la habitación.

Sus ojos se posaron en Isabella, y por un momento, solo por un momento, ella vio un destello de algo. ¿Reconocimiento? ¿Sorpresa? Desapareció tan rápido que pudo haberlo imaginado.

 Señorita Morales  su voz era profunda, controlada, el tipo de voz acostumbrada a dar órdenes y ser obedecida..... Es un placer finalmente conocerla. Su portafolio es impresionante.

Extendió la mano. Isabella la miró por un segundo que se sintió como una eternidad. Todo en ella gritaba que no la tomara, que mantuviera la distancia. Pero era profesional, maldita sea, y no le daría la satisfacción de ver que la afectaba.

Tomó su mano. El contacto fue eléctrico, un choque que recorrió su brazo y la tomó completamente por sorpresa. Sus manos eran cálidas, fuertes, y por un momento absurdo se preguntó cómo se sentirían en otras circunstancias, en otros lugares.

Se soltó rápidamente, dando un paso atrás.

 Señor Santoro  su voz salió más fría de lo que pretendía. Gracias por considerarnos para este proyecto.

Una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios, como si hubiera notado su tono y lo encontrara entretenido.

 Por favor, siéntense. Tenemos mucho de qué hablar.

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