El Jeep se detiene frente a las imponentes puertas del Ritz. Los huéspedes salen y entran del lujoso complejo y para mucho es casi imposible no dar miradas de desaprobación al ya bastante gastado auto. Leonardo, aún con las manos firmes en el volante, deja escapar un silbido bajo y divertido al observar la majestuosa entrada e ignorando las miradas sobre su auto.
—Bueno, parece que tuve una buena pesca esta noche —comenta en un tono juguetón, lanzándole una mirada a Thalia, que aún está sentada