ADRIAN
El viernes llegué a la oficina a las siete y cuarto.
No era inusual. Llevaba quince años llegando temprano, antes de que el piso se llenara de gente y conversaciones y el ruido constante que acompañaba a dirigir una empresa de este tamaño. Las mañanas tempranas eran mías, silenciosas y productivas, el único momento del día en que podía pensar sin que alguien necesitara algo de mí.
Esta mañana no estaba pensando en el trabajo.
Me senté detrás de mi escritorio con el café que había traído