6

El restaurante Quintonil se erguía en Polanco como un templo dedicado a la alta cocina mexicana, donde cada plato era una obra de arte y cada comensal un feligrés del buen gusto. Las paredes de concreto pulido y la iluminación tenue creaban una atmósfera de intimidad calculada, el tipo de lugar donde los secretos se confesaban entre bocados de mole de almendra y sorbos de mezcal artesanal.

Valeria llegó con veintitrés minutos de retraso. No por accidente, sino por estrategia.

La había recogido un Uber Black que la dejó exactamente frente a la entrada, donde el valet la recibió con una reverencia que ella aceptó sin pestañear. Llevaba un vestido de seda color verde esmeralda que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, con un escote lo suficientemente pronunciado para distraer pero no tanto como para parecer desesperado. Los tacones Louboutin agregaban diez centímetros a su estatura y un arma letal a su arsenal.

Que espere, pensó mientras se retocaba el labial rojo en el reflejo de una ventana. Que sienta cada segundo de estos diez años.

El maître la guió a través del comedor principal hasta una mesa privada en el rincón más alejado. Y allí estaba Dante, de pie junto a la mesa, con un traje gris oscuro que le quedaba demasiado bien y una expresión que mezclaba nerviosismo con algo que Valeria se negaba a identificar como esperanza.

—Llegas tarde —dijo él, sin reproche en la voz. Solo una observación.

—Y tú sigues siendo un hombre que afirma lo obvio —respondió Valeria, permitiendo que el maître retirara su silla.

Dante esperó a que ella se sentara antes de hacerlo él mismo. Un gesto de caballerosidad que Valeria catalogó mentalmente como manipulación suave. Todo en Dante Esquivel era manipulación, se recordó a sí misma. Incluso cuando parecía genuino.

El sommelier se acercó con la carta de vinos, pero Dante lo detuvo con un gesto.

—Permíteme —le dijo a Valeria—. Recuerdo que te gustaba el Chablis.

—Mis gustos cambiaron hace diez años —replicó ella, tomando la carta de vinos de las manos del sommelier con una sonrisa cortés—. Ahora prefiero algo con más cuerpo. Más... complejo.

La mirada que le lanzó a Dante estaba cargada de significado, y él lo captó inmediatamente. Una sombra cruzó su rostro antes de que pudiera ocultarla.

—Bien —murmuró.

Valeria estudió la carta con deliberada lentitud, consciente de que Dante la observaba. Finalmente, levantó la vista hacia el sommelier.

—Le Montrachet Grand Cru 2015, s'il vous plaît.

El francés fluyó de sus labios con perfecta pronunciación, un recordatorio sutil de todo lo que había logrado en su ausencia. El sommelier asintió con aprobación mientras Dante la miraba con una mezcla de sorpresa y admiración que Valeria saboreó como un aperitivo.

—No sabía que habías aprendido francés —comentó él cuando estuvieron solos.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí, Dante. Diez años son una eternidad.

El mesero apareció para tomar su orden. Valeria pidió sin consultar el menú, demostrando un conocimiento del lugar que dejaba claro que no era su primera vez allí. Dante la imitó, aunque sus ojos nunca abandonaron su rostro.

Cuando el mesero se retiró, el silencio se instaló entre ellos como un tercer comensal no invitado. Valeria tomó un sorbo de agua con gas, esperando. Dante había solicitado esta cena. Que él rompiera el hielo.

—Gracias por venir —dijo finalmente, con una voz que sonaba demasiado ronca—. No estaba seguro de que lo harías.

—Casi no lo hago —admitió Valeria—. Pero decidí que merecías la oportunidad de explicarte. Considera esto tu única audiencia.

—¿Mi audiencia? —Una sonrisa amarga curvó los labios de Dante—. Suenas como si fueras un juez y yo el acusado.

—¿No es eso exactamente lo que somos?

Dante exhaló lentamente, pasándose una mano por el cabello en un gesto que Valeria recordaba demasiado bien. Solía hacer eso cuando estaba nervioso, cuando las palabras se le atascaban en la garganta.

—Supongo que sí —concedió—. Entonces, ¿qué quieres saber?

—Todo —respondió Valeria, reclinándose en su silla con la gracia de una reina en su trono—. Pero empecemos con Minerva. Tu esposa. O debería decir, tu ex esposa.

La mención del nombre fue como arrojar un vaso de agua helada sobre la mesa. Dante se tensó visiblemente, sus nudillos blanqueándose mientras apretaba la copa de agua.

—El divorcio se finalizó hace seis meses —dijo con voz controlada—. Fueron diez años de infierno, Valeria. Diez años que me robaron la vida.

—Qué conveniente —murmuró ella—. Diez años que pasaste casado con otra mujer mientras yo... —Se detuvo, mordiéndose el labio inferior. No le daría la satisfacción de ver su dolor.

—Mientras tú reconstruías tu vida —completó Dante suavemente—. Lo sé. He seguido tu carrera, Valeria. Cada ascenso, cada logro. Estoy orgulloso de ti.

—No quiero tu orgullo —espetó ella, con más veneno del que había planeado—. Quiero respuestas. Dijiste que Minerva fingió un embarazo. Explícate.

El vino llegó en ese momento, interrumpiendo la tensión como un árbitro separando a dos boxeadores. El sommelier realizó el ritual de la cata con Dante, quien apenas prestó atención antes de aprobar la botella. Cuando finalmente estuvieron solos de nuevo, Dante tomó un largo sorbo de vino antes de hablar.

—Tres semanas después de que tú y yo... —hizo una pausa, buscando las palabras correctas— después de que terminamos, Minerva apareció en mi departamento. Llorando. Diciendo que estaba embarazada.

—Y tú le creíste.

—Tenía una prueba de embarazo positiva —dijo Dante, la voz cargada de amargura—. Y un certificado médico. Todo parecía legítimo.

—¿Parecía? —Valeria arqueó una ceja.

—Porque lo era. El embarazo era real. Lo que no era real era el bebé.

Valeria parpadeó, confundida por primera vez en la conversación.

—No te sigo.

Dante dejó escapar una risa sin humor, un sonido hueco que resonó en el espacio privado de su mesa.

—La prueba de embarazo era de su prima. El certificado médico estaba falsificado por el médico de la familia Obregón, un tipo que les debía favores. Todo fue una elaborada farsa orquestada por su padre.

—¿Por qué? —La pregunta salió de Valeria antes de que pudiera detenerla, genuina curiosidad filtrándose a través de su máscara de indiferencia.

—Porque la empresa de su padre estaba en bancarrota —explicó Dante, girando la copa de vino entre sus dedos—. Necesitaban una fusión con la compañía de mi familia. Y yo era la pieza clave. El hijo mayor, el heredero. Si me casaba con Minerva, las empresas se fusionarían y los Obregón se salvarían de la ruina.

—Entonces te casaste con ella.

—Me casé con ella porque creí que iba a ser padre —corrigió Dante, con una intensidad en la mirada que hizo que algo en el pecho de Valeria se contrajera—. Porque a pesar de todo, a pesar de haberte perdido, pensé que al menos podría hacer lo correcto por ese niño.

—¿Y cuándo descubriste la verdad?

—Dos meses después de la boda. Minerva "perdió" el bebé. O eso dijo. Para entonces ya estábamos casados, las empresas fusionadas, y yo atrapado en un contrato matrimonial que incluía cláusulas tan férrreas que divorciarme habría significado la ruina de mi familia.

El primer plato llegó: tostada de atún con aguacate y chile serrano. Valeria observó la presentación impecable sin realmente verla. Su mente procesaba la información, buscando las grietas en la historia de Dante, los puntos débiles donde podría insertar sus dudas como cuchillos.

—Así que te quedaste —dijo finalmente, pinchando un trozo de atún con el tenedor—. Por diez años.

—Me quedé porque no tenía opción —respondió Dante, sin tocar su plato—. Porque el contrato estipulaba que si me divorciaba antes de diez años sin causa justificada, mi familia perdería el cuarenta por ciento de las acciones de la empresa fusionada. Habría destruido el legado de tres generaciones.

—Qué noble de tu parte —murmuró Valeria, saboreando el atún con una calma que no sentía—. Sacrificarte por el bien de la familia.

—No fue noble. Fue cobardía.

La admisión la tomó por sorpresa. Valeria levantó la vista y encontró a Dante mirándola con una intensidad que le erizó la piel.

—Debí haberte buscado —continuó él—. Debí haberte dicho la verdad. Pero tenía miedo de que me odiaras. De que ya hubieras seguido adelante. Y mientras más tiempo pasaba, más difícil se volvía.

—Escribiste cartas —dijo Valeria, recordando lo que él había mencionado en Casa Bellavista—. Dijiste que escribiste cartas que nunca enviaste.

Dante asintió lentamente.

—Cientos de ellas. Están en una caja en mi departamento. Cada pensamiento, cada momento en que te extrañé, cada vez que Minerva me recordaba que no era tú.

—¿Ella sabía? ¿Sobre nosotros?

—Lo sospechaba. Y lo usaba contra mí cada vez que podía. Nuestro matrimonio fue una guerra fría, Valeria. Habitaciones separadas, vidas separadas. Lo único que compartíamos era un apellido y una mentira.

El mesero retiró los platos del primer tiempo y trajo el segundo: pato confitado con mole de almendra. El aroma era embriagador, pero Valeria apenas lo notó. Estaba demasiado ocupada observando a Dante, buscando señales de engaño en cada microexpresión.

¿Es real?, se preguntó. ¿O es simplemente mejor actor de lo que recordaba?

—¿Por qué ahora? —preguntó, cortando un trozo de pato con precisión quirúrgica—. ¿Por qué después de diez años decides que es el momento de buscarme?

—Porque finalmente soy libre —respondió Dante—. Porque pasé una década en el infierno y lo único que me mantuvo cuerdo fue la idea de que algún día podría volver a ti.

—Qué romántico —dijo Valeria con sarcasmo—. Pero yo no soy la misma mujer que dejaste, Dante. Esa chica ingenua que creía en finales felices murió el día que te casaste con otra.

—Lo sé. Y no espero que me perdones. Solo espero... —hizo una pausa, buscando las palabras— solo espero que me des la oportunidad de conocer a la mujer en la que te has convertido.

Valeria tomó un sorbo de vino, dejando que el líquido dorado rodara por su lengua mientras consideraba sus palabras. Cada instinto le gritaba que se levantara y se fuera, que dejara a Dante con la cuenta y el corazón roto. Pero había algo en su voz, una vulnerabilidad que no recordaba haber visto antes, que la mantenía clavada en su asiento.

—Háblame de ella —dijo finalmente—. De Minerva. ¿Cómo era vivir con alguien que sabías que te había engañado?

Dante dejó escapar un suspiro largo y cansado.

—Era como vivir en una casa embrujada. Cada habitación llena de fantasmas, cada conversación cargada de resentimiento. Ella sabía que no la amaba, y yo sabía que ella solo me veía como un medio para un fin. Nos convertimos en extraños que compartían un espacio, nada más.

—¿Nunca intentaste... amar a la esposa que elegiste?

La pregunta salió más amarga de lo que Valeria había pretendido, pero Dante no se inmutó.

—No la elegí. Esa es la diferencia. Y no, nunca pude. Porque cada vez que la miraba, veía tu rostro. Cada vez que ella hablaba, escuchaba tu voz. Minerva se dio cuenta eventualmente. Creo que por eso el matrimonio se volvió tan tóxico. Ella sabía que era un sustituto de alguien que nunca podría reemplazar.

—Debió haber sido difícil para ella —comentó Valeria, sorprendiéndose a sí misma con un atisbo de empatía.

—Lo fue. Y por eso, cuando finalmente llegamos a un acuerdo de divorcio, fue casi un alivio para ambos. Ella encontró a alguien más, alguien que podía amarla de la manera que se merecía. Y yo... yo quedé libre para intentar recuperar lo que había perdido.

—Yo no soy algo que puedas recuperar, Dante —dijo Valeria con firmeza—. No soy una posesión que dejaste en un estante esperando a que volvieras.

—No, no lo eres —concordó él—. Eres una mujer exitosa, independiente, increíble. Y soy consciente de que probablemente llegué demasiado tarde. Pero tenía que intentarlo. Tenía que saber si quedaba alguna posibilidad.

El postre llegó sin que ninguno de los dos lo hubiera ordenado: un mosaico de chocolate con helado de vainilla de Papantla. Valeria lo observó sin apetito, su estómago hecho un nudo de emociones contradictorias.

—Dijiste que seguiste mi carrera —dijo después de un momento—. ¿Qué más seguiste?

Dante la miró con cautela, como si pisara terreno minado.

—Todo lo que pude. Tus ascensos en la empresa. Tus viajes. Había un artículo sobre ti en la revista Expansión hace dos años. Lo tengo guardado.

—¿Por qué?

—Porque eras la única luz en mi oscuridad —respondió Dante simplemente—. Porque saber que estabas ahí afuera, viviendo, triunfando, me daba una razón para seguir adelante.

No te ablandes, se ordenó Valeria a sí misma. Esto es exactamente lo que él quiere. Que bajes la guardia.

Pero había una parte de ella, una parte pequeña y traicionera, que quería creer. Que quería tomar la mano que Dante extendía y permitirse la fantasía de que tal vez, solo tal vez, podrían recuperar lo que habían perdido.

—¿Y ahora qué? —preguntó, manteniendo la voz neutral—. ¿Esperas que simplemente olvide diez años de dolor porque tienes una historia triste que contar?

—No —respondió Dante, inclinándose hacia adelante—. Espero que me des la oportunidad de demostrarte que he cambiado. Que el hombre que dejó ir a lo mejor que le había pasado en la vida aprendió la lección más dolorosa posible.

—Las palabras son fáciles, Dante.

—Lo sé. Por eso quiero demostrártelo con acciones. Dame una oportunidad, Valeria. Solo una. Si después de eso decides que no quieres saber nada de mí, lo aceptaré. Pero al menos dame la chance de intentarlo.

Valeria lo estudió en silencio, observando la forma en que sus manos temblaban ligeramente, la tensión en sus hombros, la súplica silenciosa en sus ojos. Era un hombre al borde del precipicio, y ella tenía el poder de empujarlo o salvarlo.

Peligroso, pensó. Esto es peligroso.

¿Pero acaso no era ese precisamente el punto de todo su plan? ¿Jugar con fuego hasta que alguien saliera quemado?

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