El Palacio de Justicia de París abrió sus puertas monumentales a las ocho de la mañana bajo un cielo plomizo y rancio, cuya luz cenicienta descendía de forma oblicua sobre los tejados de la Île de la Cité.
Las ráfagas del viento invernal arrastraban la humedad helada del Sena, azotando los peldaños