Lo hago, con los dedos temblando mientras giro el letrero a cerrado y echo el cerrojo de la entrada. Para cuando me doy la vuelta, él ya camina hacia mí, quitándose la camiseta.
Dios, sus abdominales están esculpidos, un rastro de vello oscuro que baja hasta donde sus pantalones de chándal hacen una carpa obscena. Me agarra de la muñeca, tirando de mí hacia los vestuarios.
"Aquí no", gruñe. "Demasiado abierto".
El vestuario de mujeres está en penumbra, iluminado por unos pocos focos en el techo