Papi.
La palabra golpeó como un rayo, sucia y emocionante, encendiendo algo profundo y depravado dentro de mí. Un gemido suave escapó de mis labios, sin previo aviso, mientras me arqueaba hacia él, con mis pechos turgentes presionando contra su pecho. Su mano acunó uno, con el pulgar rodeando mi pezón a través del encaje hasta que se puso duro y dolorido, suplicando por más. La fricción era enloquecedora, enviando sacudidas directo a mi centro.
—Romanov... no podemos... Alex está justo ahí —su