La voz de Joe apenas vaciló mientras le respondía al alcaide, pero por dentro, yo era un manojo de nervios y fuego. Su polla seguía enterrada profundamente en mi coño mojado, palpitando contra mis paredes, y la forma en que mantenía su mirada... oscura, implacable, me decía que no pensaba detenerse.
Mi corazón martilleaba en mi pecho, un latido salvaje mezclándose con los sonidos húmedos de nuestros cuerpos aún conectados. El golpe del alcaide volvió a sonar, más fuerte esta vez, pero Joe solo