Los días posteriores a esa noche se convirtieron en un frenesí de control de daños y de revisar dos veces cada detalle.
Elias y yo apenas hablamos del correo electrónico que algún imbécil anónimo de la firma rival envió para intentar desestabilizarnos, pero parchamos la filtración, reforzamos la presentación y expusimos como si nuestras vidas dependieran de ello. Resulta que, en cierto modo, así era.
Cuando entró la llamada esa tarde, confirmando que nos habíamos llevado el contrato de redesarr