—¡Por Dios, Mía, cuándo aprenderás! —mascullé entre dientes mientras metía mis libros y cuadernos en el bolso.
Aunque solo me quedaba media hora para llegar a la universidad, la hora de clase estaba por comenzar, y ayer no había asistido. Corrí por la casa. Mis padres estaban en el comedor: mi padre estaba leyendo el periódico con su café y mi madre tomando té.
—Come algo, Mía —dijo mi madre, con un tono de advertencia.
Tomé una tostada en el vuelo.
—Allá como algo más, no te preocupes. Te a