Con la espalda pegada a la pared, se sujetaba la mejilla izquierda con mano temblorosa, los ojos fijos en el suelo y los labios ardiéndole por el temblor.
No es que la bofetada hubiera dolido demasiado, ya que Azylle había medido su fuerza al golpearla.
—Levanta la cabeza y abre la boca —ordenó el hombre calvo, desabrochándose ya el cinturón; el tintineo de la hebilla la hizo palidecer de espanto.
En ese preciso instante, su teléfono comenzó a sonar. Aunque fastidiado, lo sacó del bolsillo para