— ¿De verdad vas a ir con esa ropa? — pregunta una vez más, un poco más calmado, pero aún con la voz tensa.
— Ya he dicho que no me voy a cambiar. Ya vamos tarde, no perdamos más tiempo con esto.
Él suspira y arranca el coche. El camino hasta el lugar es silencioso e incómodo, pero estoy feliz de haberlo sacado de sus casillas. Cada vez que me mira con desaprobación, siento un pinchazo de satisfacción. Llegamos a un restaurante elegante. Antes de entrar, Dominic me detiene, agarrando mi brazo.