Eran lagrimas, esas que caían como cascada desde sus ojos, y seguian camino hasta por fin caerse o tal vez seguir la corbatura de su cuello. Unos brazos delgados lo arroparon, abrazando su cuerpo con fuerzas, aquellos apéndizes ajenos se sentían raramente como una cálida manta que lo cubría en un día humedo y triste, donde las nubes grises enojadas cubrian todo el cielo, ocultando con envidia la belleza del sol, donde a psear de la triste situación tan funebre y sombría podría apreciarlo de di