Una botella se volvió dos, tres, cuatro y no se sumó una quinta porque el bartender se negó a abrir la siguiente. La cabeza del hombre parecía separada de su cuerpo, ya no podía controlar sus manos ni mucho menos coordinar sus piernas. Su propia ida al baño la veía imposible y analizaba seriamente la idea de hacerse encima ante la urgencia que le pudiera aquejar.
El labio le temblaba, no se podía saber si de la ira o de la intoxicación de su sistema, pero a pesar del remolino de sensaciones que