57 Sam
Joseph tiene la precaución de estar siempre con ella, el desgraciado no me deja envolverla bien de nuevo en mi red, donde pertenece.
A mi lado.
Ya caerá, ella ya no recuerda lo vil que fui, sigo siendo el esposo perfecto, así que nada peligra, aunque a veces siento como me rechaza, pero es más que todo cuando Joseph nos observa como un halcón.
—¡Paulette! —grité cuando llegué a mi casa y la vi en la sala con mi abuelo, ambos jugando ajedrez.
—Aquí estoy, amore— dijo tranquila sin verme,