La oscuridad era total.
Stephanelle ya ni siquiera podía distinguir sus propias manos. A su alrededor, escuchaba pasos apresurados, respiraciones entrecortadas y el roce de la ropa en medio de la oscuridad.
—¡No se muevan! —ordenó Ben.
De repente, Stephanelle sintió una mano buscando la suya.
Se sobresaltó.
—Soy yo —susurró Diego.
Reconoció su voz y cerró inmediatamente los dedos alrededor de los suyos.
—¿Dónde están los demás?
—Están aquí. Nadie se ha movido.
Un ruido metálico resonó en el tún