PUNTO DE VISTA DE DUNCAN
Mi maldito hermano por fin aprendió a usar un teléfono. El muy cabrón llevaba horas bombardeándome con llamadas. Y yo sabía perfectamente por qué.
Dejé que sonara un poco más antes de que vibrara con un mensaje.
Contesta el maldito teléfono, imbécil.
Una sonrisa burlona se dibujó en mis labios. No lo había visto tan cabreado en años. Casi de inmediato, mi teléfono volvió a sonar.
Contesté y me lo pegué a la oreja. «No sabía que tenías mi número».
«¡Maldita sea!», rugió