Jax no llevó a Ethan directamente a casa.
Condujo en silencio por las tranquilas calles de Oslo, con una mano aferrada con fuerza a la de Ethan todo el tiempo. Ethan estaba desplomado en el asiento del acompañante, la frente apoyada contra la ventana fría mientras temblaba en oleadas pequeñas e irregulares.
Jax lo miraba cada pocos minutos, comprobando si seguía consciente o respirando. El moretón en su mejilla se veía más oscuro bajo las luces de la calle que pasaban. La sangre seca permanecía