SEBASTIÁN
Hace más de media hora que salí de la reunión de abogados que habían convocado. El sonido del tráfico de San Francisco es como un eco lejano que me taladra las sienes mientras marco una vez más el número de Debby.
Cada tono de llamada que se extiende sin respuesta es una sentencia, un golpe mudo que confirma mis temores. Llegando al hotel, me aflojo la corbata, el aire del lujoso despacho se vuelve denso, cargado de una tensión que parece aferrarse a mi garganta. Finalmente, exhalo un