En la habitación del hospital, Hector camina de un lado a otro, inquieto. Sus pasos lentos e impacientes reflejan el intento frustrado de alejar los pensamientos que lo rodean; insistentes, sofocantes, inevitables.
—Necesitas calmarte —dice Doris, sentada en el sillón al lado de la cama, observándolo con preocupación.
—Ya me cansé de estar encerrado aquí —responde, sin dejar de caminar.
—Lo sé —responde ella con calma. —Pero el médico fue claro: aún necesitas permanecer en observación por unos