Mundo ficciónIniciar sesión—No puedo creer que mi amigo por fin decidió seguir con su vida —la voz de Lucas, cargada de una mezcla de alivio y esa burla que solo tienen los mejores amigos, me golpeó nada más bajar del coche.
Me ajusté las correas de la mochila, sintiendo el peso físico de los últimos dos años sobre mis hombros. —Exageras, Lucas. Es solo el primer día de universidad.
—Sí, pero ya deberías llevarnos dos años de ventaja —respondió él, perdiendo un poco el tono bromista—. Si no hubiera sido por el accidente...
Un escalofrío, frío como el metal retorcido, me recorrió la espalda. —No quiero hablar de eso. No hoy.
Lucas suspiró y su sonrisa se borró por completo. —Lo entiendo, Mateo, pero el problema es que nunca quieres hablar de eso. —Porque ya lo olvidé —mentí. La frase sonó hueca, incluso para mis propios oídos. —Sé que no es verdad. Pero me alegra que te estés obligando a empezar de cero. Es un buen paso.
Decidí cambiar de tema antes de que el abismo me tragara de nuevo. —¿Y tú por qué te quejas de mis años de estudio si solo llevas uno y sé que vas fatal? —Porque me tomé un año sabático para "encontrarme" viajando —rio él, recuperando su chispa—. Además, no es mi culpa, son las chicas las que no me dejan concentrarme.
Le di una palmada afectuosa en el hombro. —Nos vemos después, Lucas. Tengo que ir a registrarme.
Tras completar el papeleo, caminé hacia mi dormitorio. Al entrar, noté que la otra cama ya estaba ocupada. Sobre la mesa de noche descansaba una pila de libros y un portarretratos: una pareja sonriendo a la cámara. El rostro de la chica tenía algo... inusual, una expresión que no logré descifrar. Acomodé mis cosas en silencio y salí de allí; la habitación se sentía demasiado pequeña para mis pensamientos.
Buscando aire, terminé cerca del área de la piscina. El campus estaba inusualmente tranquilo, a excepción de una figura que rompió la monotonía del paisaje.
La vi a lo lejos. Iba descalza, caminando con una imprudencia magnética por el borde más estrecho de la piscina. Vestía un suéter holgado y unos shorts, ambos de un negro riguroso que contrastaba con su cabello: un morado intenso, casi eléctrico.
Traté de ignorarla, pero al levantar la vista, nuestras miradas chocaron. Me sostuvo el contacto visual con una intensidad que me hizo dudar. Dio un paso más, sus pies resbalaron en el borde húmedo y cayó al agua con un chapuzón seco. Me di la vuelta, molesto. "Puro drama", pensé. Conté mentalmente cinco pasos, esperando oírla salir y reírse, pero lo único que recibí fue el silencio absoluto del agua estancada.
Volteé. Ella no había salido a la superficie. Estaba luchando de forma errática bajo el agua, perdiendo la batalla contra sus propias prendas pesadas.
Corrí sin pensarlo y me lancé al agua. La alcancé en segundos y la saqué a la superficie, depositándola con cuidado sobre el concreto frío. Su cabello mojado, ahora oscuro, le cubría el rostro como un velo. Se lo aparté con urgencia y comencé las maniobras de reanimación.
Mi mente se bloqueó al entorno; solo existía el ritmo de la RCP. A la tercera insuflación, ella reaccionó con una tos violenta, expulsando el agua de sus pulmones.
De repente, escuché aplausos. Un paramédico apareció de la nada para hacerse cargo. Mientras la atendían, me invadió una sensación extraña: juraría que la había visto antes, pero el recuerdo se escapaba como arena entre los dedos. La multitud la observaba en shock, pero ella no decía nada. Tenía los ojos fijos en el vacío, como si estuviera en otro lugar.
Cuando se la llevaron en la camilla, hice el amago de seguirlos, pero una mano cálida me detuvo por el brazo. —Tu primer día y ya eres un héroe —dijo una voz familiar. Me giré y me encontré con Selena, mi amiga de la infancia. Me miraba con esa sonrisa capaz de calmar cualquier tormenta. —Hola, Selena. —Hiciste un buen trabajo, Mateo. —Haría lo que cualquiera —respondí, tratando de normalizar los latidos de mi corazón—. Debería ir con ella, ver si está bien. —No es necesario. Su novio ya viene en camino —me detuvo ella suavemente—. Ahora ve a cambiarte esa ropa mojada. Vamos a comer algo, te invito.
Más tarde, sentados en una cafetería cercana, el ambiente se sentía más liviano. —¿Qué vas a pedir? —preguntó Selena con su brillo habitual—. Aquí hacen las mejores hamburguesas de la zona. —Todavía no me decido. ¿Y tú? —Hamburguesa completa, papas fritas y un refresco grande. —Pide lo mismo para mí.
Mientras comíamos, Selena me observaba en silencio, analizando mis reacciones. —¿Te gusta? Tenía tanto tiempo sin verte, Mateo... te extrañé. —Está muy rica —le devolví la sonrisa, apreciando su compañía—. Siento haberme distanciado tanto. Me enfoqué en... algunas cosas primero. Ella captó la señal. Sabía que "algunas cosas" era mi código para el dolor del pasado, y con una delicadeza que siempre le agradeceré, no insistió.
Al caer la noche, el frío empezó a colarse por los huesos. Decidimos ir a un bar cercano para cerrar el día. La conversación fluía fácil, recordándome quién era yo antes de que todo se rompiera. Pero entonces, la vi.
Cerca de la barra, la chica del cabello morado intentaba mantenerse en pie. Estaba visiblemente ebria. Traté de ignorarla, de concentrarme en Selena, pero el destino parecía tener otros planes. Al salir del local, le pedí a Selena que me esperara un momento. —Voy a buscar un taxi —le dije. —Está bien, yo llamaré a Lucas para ver dónde anda. —Espérame aquí, no te alejes, todavía no conoces bien estos alrededores.
Saqué mi móvil, pero un grito agudo cortó el aire. Un tipo sujetaba a la chica del cabello morado por el brazo, apretando con una fuerza que me revolvió el estómago. No soporto la violencia, y menos cuando hay una clara desigualdad de fuerzas.
Caminé hacia ellos con paso firme. El tipo, al ver mi expresión y mi determinación, soltó a la chica con un bufido y se alejó perdiéndose en la oscuridad de un callejón.
—¿Estás bien? —le pregunté, acercándome a ella. Ella se acomodó el cabello desordenado y, para mi absoluta sorpresa, me lanzó una sonrisa pícara, casi desafiante. —Vaya... esta es la segunda vez que me salvas hoy. —Al parecer, cada vez que te encuentro estás metida en un lío —respondí, incapaz de ocultar mi frustración. —Normalmente siempre estoy en problemas. Es un talento natural que no puedo evitar. —¿Y por qué beber de esa forma? Estás mal. —Por ninguna razón especial. Solo pensé que debía celebrar que sigo viva gracias a ti. Me pasé de copas, lo admito. Por cierto... ¿cuál es tu nombre, héroe? —Mateo. ¿Y el tuyo? —Me llamo Ángela. Un gusto. —Me tendió la mano y, al estrecharla, sentí una electricidad extraña.
En ese momento llegó Selena. Ángela no aguantó más el peso del alcohol y sus piernas cedieron. La sujeté antes de que golpeara el suelo. No tuve más remedio que cargarla y subirla al taxi con nosotros.
Al llegar al campus, un chico nos esperaba en la entrada del edificio de dormitorios. Estaba visiblemente angustiado, caminando de un lado a otro. Al verlo, todas las piezas encajaron en mi cabeza con una ironía brutal. Era el chico de la fotografía. El dueño de la otra cama. Mi compañero de cuarto.
—Ángela, ¿qué ha pasado? —preguntó él corriendo hacia nosotros en cuanto me vio bajarla del coche. —Se pasó con los tragos en un bar y un tipo intentó pasarse de listo —expliqué con voz neutra, aunque por dentro me sentía incómodo—. Estaba cerca y decidí traerla. —Dámela, yo me encargo. La llevaré a su habitación. —Aquí tienes —se la entregué, sintiendo un peso extraño en el pecho al ver cómo ella se aferraba a él en su semiinconsciencia. —Gracias por traerla. De verdad. Estaba muy preocupado. —No fue nada. Que descanse.
Me alejé hacia mi habitación, dejando a la pareja atrás. La ironía era casi insoportable: el retrato de la "felicidad" que vi en mi cuarto era mi compañero, y la chica a la que el destino me obligaba a salvar una y otra vez era su novia.
Esa noche, mientras miraba el techo desde mi cama, tuve la certeza de que mi paso por la universidad sería cualquier cosa, menos tranquilo.







