Su confesión lo tomó por sorpresa, ya que hasta unas horas antes, parecía nervioso con lo que ella le preguntó sobre el nombre en el reloj.
Ya caminando por una calle estrecha y ahora concurrida, se detuvieron en un pequeño puesto, donde una señora de aparentemente sesenta años estaba. Aunque bien abrigada, Sofía sintió pena por esa señora, pues ya era bastante tarde para estar fuera de casa. En el puesto de esa señora se vendían amuletos en pequeños llaveros.
—Es simple, pero creo que servirá —