La blancura impecable del baño de la escuela para mujeres, la puerta cerrada con llave, los rostros desagradables que la rodean, los gritos desesperados y los llantos, y la oscuridad absoluta de la situación, todo ello llenaba la mente de Adriana en un instante.
Ella apretó los puños, permitiendo que las uñas se clavaran en la palma de su mano, sintiendo el dolor que la ayudaba a recuperar la compostura. Las mujeres frente a ella eran como serpientes venenosas. Tomar fotos y hacer registros era