Me temblaban las manos mientras miraba el mensaje en mi teléfono. Las palabras se me clavaron en la cara: Robert es el dueño de la empresa de marketing… Él mismo aprobó tu solicitud.
No podía respirar. La habitación se sentía más pequeña; las paredes se cerraban como una jaula que nunca antes había notado. Tiré el teléfono sobre la cama y me cubrí la cara con las manos. Todo lo que había planeado… mi escape, mi nueva vida… era solo otra mentira. Robert lo había construido todo. Cada puerta que