Sara está nerviosa, su mano le tiembla, a duras penas puede sostener el teléfono, su mirada está fija en la puerta, su corazón bombea sangre con más rapidez, presiente que de un momento a otro él entrará y la descubrirá. Aunque sus ganas de saber de cómo está su nana, es más fuerte que el miedo.
—Hija, me has tenido con el Jesús en la boca, ¿Cómo estás, cariño? Meses sin saber de ti.
—Estoy bien nana, soy la asistente del jefe, ya sabes mucho trabajo, él me trata bien, y ahí ¿Cómo estás?
—Qué