—No puede ser, ¡eso es lo único que mi nieta me dejó!
Alfonso, siempre siendo tan dócil, ya no pudo contenerse. Con los ojos totalmente enrojecidos, se levantó de golpe para recuperar el amuleto. Su nieta era su única parienta viva, y los regalos que ella le daba los guardaba como tesoros muy preciados. No podía soportar que alguien se los arrebatara de esa forma.
El hombre se sobresaltó en ese momento:
—¿Qué? ¿Quieres pelear? ¡Seguridad, llamen a seguridad!
—¡Yelena, ¿qué estás haciendo?! ¿Vas